Buenos días
A ratos me desborda la ansiedad, me abruma y a la vez me tranquiliza...
Estados paralelos... Un ardiente deseo de aprehender el tiempo me agita, me tensa, pero a la vez una parte de mí se calma, agradeciendo que aún no se desvanezcan las ganas de abrir los ojos, el alma y los poros, buscando respirar la vida en toda su inmensidad, abrazar al mundo en toda su grandeza.
Con desesperación intento dar una honda calada al invisible cigarrillo que despide los días, viéndolos morir en el viento como humo indolente... Y nunca parece bastar... No logro llenar mis pulmones... Y ese humo resulta tan esquivo... Se disuelven las horas y no puedo absorberlas, ni dejarme absorber por su embriagante voluptuosidad.
Y me enfrento desnudo al frío de los días grises e insípidos, que se llevan poco a poco los pedazos de mi vida, esos que mañana extrañaré con tanta fuerza...
Mis palabras son hijas de la sed y el hambre, del deseo incontenible de nutrir mi alma y sentir de una vez por todas que lo que me desborda soy yo mismo, que exploto cada día, manifestando mi "pequeña grandeza", esa que no busca aprobaciones ni admiración, pero que es lo suficientemente grande para hacerme sonreír satisfecho, sabiendo que la arena del tiempo no escurre entre mis dedos, que ese humo indiferente no se aleja inevitablemente de mi alcance, que soy capaz de hacerlo mío, que la ansiedad muda lentamente su piel, dando paso a un nuevo rostro, menos cansado y más sincero, borrando para siempre la falsa sonrisa del conformismo, esa que dice buenos días todas las mañanas, incluso aquellas que parecen ser tan negras como la nada, tan frías como el hielo que cubre un alma insatisfecha.
Cerrar los ojos, respirar hondo y alimentar la paciencia... Parece ser la consigna. Mientras el débil humo agonizante se despide del cigarrillo invisible que acabo de aplastar con mi zapato.
20080503



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