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miércoles, 29 de noviembre de 2006

Fin del ciclo en una entrega

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Sensación de calor... Casi insoportable. La nariz torcida arde junto al áspero pavimento mientras se acomodan los huesos tras la súbita caída. Y la eterna pregunta sobre la ridícula falta de previsión cae con fuerza sobre mi espalda, como si no bastara con el golpe en el asfalto.
Lo peor es que en cierta medida siempre lo supe y aun así dejé el paracaídas colgado en el closet.
Y alzo mi propia voz interna en contra de las palabras que escribo... Porque son probablemente la principal razón de todo retroceso... Porque quizás le dan forma a la piedra que se posa siempre sobre el freno, porque tal vez son el enemigo invisible que no me ataca, pero pone el escudo transparente en el lugar y momento equivocados.
Todo ciclo que no quiera ser mirado con desprecio por sus colegas debe tener al menos más de una vuelta sobre el anillo... Sobre todo aquellos que con excesiva soberbia pronostican su extensión... Justamente son aquellos los que deben ser mirados con el gesto de burla más expresivo, porque se exponen gratuitamente, al ridículo, al desnudo innecesario...
Y cuando son descubiertos en la farsa, o al menos en su falta de sustancia, deben ser asesinados... Truncados y humillados. Y como decía uno de los más importantes aprendices del maestro (el mayor de los maestros), todo aquello que se alza en contra de algo ha de tener en sí parte de la esencia de aquello contra lo que se pronuncia. Y siguiendo esa premisa el asesino alza su arma blanca riéndose de la estructura del avergonzado, escupiéndo palabras llenas de ironía en su rostro indefenso... Y termina con el ciclo inútil... Aquel que nunca tuvo sentido y que en su afán de ser descubierto se encontró de frente con el quiebre, la salida del ciclo, el fin de las miradas habladoras, de los gestos malinterpretados, el irremediable corte de la cuerda que nunca los unió.

Once I am sure of my task I will rise