Calle sin salida
Generalmente cuando siento la necesidad de traducir mis emociones a palabras y explicitarlas en una pantalla, hoja de cuaderno o una simple servilleta, me doy cuenta de la precariedad de mi talento literario que se presenta con especial fuerza a la hora de dar inicio al escrito de turno. Claro ejemplo de ello son precisamente las palabras que preceden esta oración. De todos modos mientras avanzo voy encontrando el camino y los resultados generalmente logran satisfacer mis escasas pretenciones (afortunadamente son escasas).
Cuando pienso en eso me pregunto si no estoy traicionándome a mí mismo tratando de escribir en un momento en que las palabras no están saliendo con fuerza de mi piel, como sangre brotando a borbotones de una herida abierta. Pero finalmente llego a la conclusión de que tengo tantas cosas que decir, que el hecho de que no las haya dicho antes es una simple consecuencia del torniquete que yo mismo pongo sobre las heridas dándome la excusa de la falta de tiempo. Aunque no sé si hablar de heridas sea lo correcto. En este momento me siento sano... Quizás tenga uno que otro rasguño que no requiere más que un parche curita. Pero cosas que decir... Sí... Las hay. Siempre las hay. Y a veces quieren escapar con ímpetu, pero falta el empujón que me dé la fuerza para decirlas... Y estos escritos generalmente nacen como búsqueda de esa fuerza. Pero no siempre se transforman en el testimonio fiel que pretendo entregar desde el comienzo.
Como este conjunto de palabras, que hasta el momento no dice nada...
Hace un par de días que me vengo haciendo la pregunta por la soledad... Precisamente porque el estar solo me da tiempo para pensar en ello. Siempre he tenido presente la diferencia entre solo y solitario... Y últimamente con una sonrisa en la cara. Porque estoy disfrutando de mis espacios, de mis pensamientos, de la independencia... Y sin la pujante necesidad de contacto con "la gente". Claro, no soy un ermitaño... Disfruto la compañía de mi gente, pero ese no es el punto. Luego de largo tiempo, he aprendido a caminar sonriente sin el deseo constante de estar en grupo... El instinto gregario controlado. Sin embargo, su existencia es innegable. Más allá de su condición actual limitada. Pero soy terco y caprichoso. Suelo dejar pasar oportunidades como consecuencia de mi obstinado deseo de conseguir lo que se ha fijado en medio de mis ojos (En medio de cada uno de ellos, no en medio de la distancia que los separa). Y a ratos ese deseo me complica, se hace dueño de mis emociones y logra frustrarme. Pero no como en la adolescencia... Bienvenido intento de madurez... Y a pesar de que me veo recorriendo emocionalmente caminos muy parecidos a los que visité hace unos 3 años (muy parecidos), no pierdo el control como solía pasarme. Pero los resultados son los mismos. Las reacciones externas son las mismas. Afortunadamente ya no me afectan como en aquella época.
De todos modos, por mucho que me disguste, la opción de rendirme parece ahora más cercana que en aquella época. Supongo que algo de heroísmo adolescente me quedaba entonces...
Siempre buscando señales... Cuando las señales están en todos lados... El problema es que las que uno busca son las que le favorecen... Y tiende a obviar las opuestas... Asimismo, esperé por mucho rato una señal, dejando pasar todas las que decían claramente "Calle sin salida".
Y nuevamente choqué con el muro, aquel que con alegría creí poder derribar. Pero todo indica que la tarea no me corresponde... Supongo que para mí, esa seguirá siendo una calle sin salida.



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